La tristeza era como un nudo, un quiebro que empañaba las gafas y el corazón de esa tarde que comenzaba a ser desesperadamente lenta e inútil. Una guadaña sobre un campo de trigo dorado y con cuervos. El sol que abrasa el cerebro y lo despoja. La conquista de la luz era así al mismo tiempo el punto álgido de un aullido todavía sin pronunciar. De Van Gogh a Munch. Bobadas. Afuera el otoño y sobre la mesa unas pocas hojas garabateadas y las fichas en orden. La insistencia de Esther.
-¿Crees que es guapa? -Sí, me gusta la gente alegre. -Yo puedo ser alegre.
Después de ver los capítulos más apastelados de Anatomía de Grey creo que me pondré a cambiar contraseñas y a romper los boletos premiados de la lotería de navidad (porque los tengo)